Elaborado por María Abrigo
A primera vista, Luis Alfredo Tapia Montesdeoca podría parecer uno más de los abogados que transitan diariamente por los pasillos de la justicia ecuatoriana. Pero detrás de su porte sereno y su voz firme se esconde un hombre forjado con disciplina, temple y pasión, valores que ha cultivado tanto en el mundo jurídico como en el tatami del taekwondo, deporte que abraza con devoción.
A sus 45 años, este lojano de nacimiento ha construido una carrera ejemplar en el patrocinio jurídico de procesos constitucionales, penales, laborales y contencioso-administrativos. Su formación comenzó en la Escuela Cuarto Centenario de Loja, y más tarde continuó en los colegios Daniel Álvarez Burneo y La Dolorosa. Fue en la Universidad Nacional de Loja donde consolidó su vocación, obteniendo los títulos de Licenciado en Ciencias Políticas, Abogado y Doctor en Jurisprudencia.
Luis Alfredo no solo heredó el apellido y la vocación de su padre, también absorbió con firmeza el compromiso de defender los derechos ciudadanos frente a los abusos del poder público. “De él aprendí a amar el Derecho, pero también la oratoria, la diplomacia, y el valor de una lucha justa”, comenta con orgullo.
Su hoja de vida como abogado es amplia y sólida: casi dos décadas de ejercicio profesional, múltiples casos de alto perfil, y sentencias favorables que lo han llevado a litigar en los más altos tribunales del país, incluida la Corte Constitucional. Uno de los momentos que más atesora fue su participación en el caso de tortura en la cárcel de Turi, donde fue el único abogado —entre 17— que logró sentencias absolutorias en todas las instancias. “Fue un triunfo jurídico, pero sobre todo moral”, recuerda.
Detrás del escritorio, sin embargo, hay un hombre de pasiones sencillas: amante de la lectura, del tiempo en familia, del canto —especialmente del rock— y de la práctica disciplinada del taekwondo, una actividad que, según él, refuerza su carácter en cada combate y le da equilibrio mental para afrontar los embates del litigio.
“El deporte me da el temple que necesito como abogado”, dice. Y esa disciplina marcial se refleja también en su perseverancia: nunca ha dejado de prepararse, siempre buscando ser mejor profesional y mejor ser humano. A pesar de haber sido funcionario público por más de seis años en distintas localidades como Loja, Puyango y Pindal, confiesa que lo que más le llena es poder litigar y ver cómo sus defendidos recuperan sus derechos.
Pero no todo es satisfacción en el ejercicio del Derecho. Le indigna —y lo dice sin titubeos— que aún existan jueces que actúan bajo la sombra del poder arbitrario. “Eso es lo que más me disgusta: cuando la justicia se vuelve cómplice del abuso estatal”.
Aun así, su convicción no flaquea. “Mientras tenga salud y fuerza, litigaré y cantaré hasta el último día de mi vida”, sentencia, con esa mezcla de rigor y pasión que define a quienes han hecho del Derecho no solo una carrera, sino un camino de vida.
Luis Tapia, el abogado que también canta y patea con precisión, es el vivo ejemplo de que el Derecho y el deporte no están tan lejos como parecen: en ambos, se requiere entrega total, disciplina férrea y un corazón dispuesto a no rendirse jamás.
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