Influencers: más allá de los likes y los seguidores

La palabra influencer es hoy una de las más repetidas en nuestro ecosistema digital. Se pronuncia con soltura, se utiliza con ligereza y,

paradójicamente, se comprende poco. Cada día confirmo que no solo es conocida, sino también profundamente mal interpretada.
Por eso, cuando inicio mi primera clase sobre influencers, no empiezo mostrando métricas, algoritmos o tablas de engagement. Empiezo con imágenes que suelen incomodar y, sobre todo, invitar a pensar: Jesús, Mahoma, la Princesa Diana, Luisito Comunica, Nayib Bukele. La reacción inicial suele ser de sorpresa. Luego viene la pregunta clave: ¿qué tienen en común?
La respuesta es tan simple como poderosa: la capacidad de provocar una toma de decisión y generar un cambio. No siempre inmediato, no siempre cuantificable en seguidores o “likes”, pero sí real. Influir, en esencia, es incidir en la forma en que las personas piensan, sienten o actúan dentro de un contexto social determinado.
En la actualidad, el término influencer se ha vinculado casi exclusivamente al marketing digital. Desde esta mirada, suele definirse como aquella persona que tiene la capacidad de influir en comportamientos, es referente en un tema específico, cuenta con presencia activa en plataformas digitales, posee un número determinado de seguidores y mantiene una relación de interacción y credibilidad con su audiencia. En términos comunicacionales, hablamos de alguien que ha logrado construir confianza, uno de los activos más valiosos en el entorno digital.
Desde el ámbito de la comunicación y el marketing, un influencer puede convertirse en un aliado estratégico para una marca. Sin embargo, también es importante advertir que una mala elección —incoherente, poco ética o desconectada de los valores de la organización— puede derivar en crisis reputacionales e incluso en el fracaso de una estrategia comunicacional. Influir nunca es un acto neutro.
No obstante, reducir el fenómeno de la influencia únicamente al marketing sería un error conceptual. Existen otros espacios, quizá más profundos y menos visibles, donde la influencia está directamente relacionada con la toma de decisiones sociales, culturales, educativas y políticas. Hoy observamos a profesionales de múltiples áreas construir presencia digital con perfiles claramente definidos, saberes bien orquestados y discursos coherentes que logran generar cambios reales en su entorno.
He visto grandes ejemplos de educadores que fomentan pensamiento crítico, médicos que combaten la desinformación en temas de salud, arquitectos que repiensan la ciudad desde la sostenibilidad, abogados que explican derechos en lenguaje ciudadano y comunicadores que alfabetizan audiencias frente al consumo mediático. En estos casos, la influencia no se mide solo en alcance, sino en impacto social.
En este punto resulta clave recordar que la influencia no surge de manera espontánea ni superficial. Como lo he señalado en investigaciones previas, “los medios sociales permiten a los influencers crear y posicionar su marca personal como voces influyentes, siempre que exista una estrategia clara, coherencia discursiva y una relación de confianza sostenida con la audiencia” . Esta afirmación pone el acento en un elemento central: la influencia es una construcción, no un accidente.
Aquí es donde la conversación se vuelve realmente interesante. Surge entonces la pregunta recurrente: ¿Ser influencer es bueno o es malo? Mi respuesta suele desconcertar: ser influencer es ser influencer. Desde una mirada académica, el concepto es descriptivo. El bien o el mal no están en la influencia en sí misma, sino en el criterio, la intención y la responsabilidad con la que se ejerce.
No hay que tenerle miedo al término influencer. Lo que sí debería preocuparnos —y mucho— es qué se hace desde esa posición de visibilidad y poder simbólico. Qué mensajes se amplifican, qué valores se refuerzan, qué discursos se normalizan y qué silencios se sostienen. En un ecosistema mediático saturado de información, la influencia sin pensamiento crítico puede convertirse fácilmente en manipulación; y la visibilidad sin alfabetización mediática, en simple ruido.
Por ello, más que demonizar o idealizar a los influencers, necesitamos comprender el fenómeno, analizarlo con criterio y formar audiencias capaces de cuestionar, contrastar y decidir. Influir implica poder, y todo poder conlleva una responsabilidad ética, comunicacional y social.
La invitación final no es a opinar al azar ni a repetir discursos prefabricados, sino a reflexionar. A entender que hoy, más que nunca, todos influimos en alguien: desde un aula, una consulta, un perfil profesional o una historia en redes sociales. La verdadera pregunta no es si somos o no influencers, sino qué tipo de influencia estamos ejerciendo y con qué propósito.
Referencias:
Velásquez-Benavides, A. V., Paladines-Galarza, F., Valarezo-González, K., & Sánchez-Antequera, J. (2025). El uso de medios sociales como herramientas para posicionamiento de marca personal en influencers. En L. Caro-Castaño, Z. Goyzueta Mejía, & J. A. Mila Maldonado (Eds.), Publicidad, comunicación y educación: visiones y propuestas desde Iberoamérica (pp. 87–110). Tirant Humanidades.

1 thought on “Influencers: más allá de los likes y los seguidores

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