El inicio de un nuevo año suele traer consigo expectativas de cambio en la forma de hacer política. Sin embargo, en nuestro país, el
problema no radica en la ausencia de propuestas, se centra en la manera en que el desacuerdo se gestiona en el espacio público. Se discute sin escucha, se confronta sin deliberación y se participa de manera intermitente. En ese sentido, el desencuentro se ha normalizado como práctica cotidiana.
Por lo que, habitar el desencuentro implica reconocer que el conflicto no debilita a la democracia. Por el contrario, constituye una de sus condiciones. Chantal Mouffe, señala que los sistemas democráticos se deterioran cuando el desacuerdo no encuentra canales institucionales y simbólicos para procesarse. El conflicto pierde su dimensión política cuando se transforma en descalificación o se reduce a una lógica de bandos, vaciando de contenido el debate público.
En el contexto actual, esta dinámica se expresa en la distancia entre instituciones, en la desconfianza ciudadana y en un uso del lenguaje que prioriza la confrontación antes que el argumento. Esta forma de relacionarse con lo público no es neutral: contribuye a una progresiva desvinculación social. Rita Segato ha señalado que la normalización de la violencia simbólica debilita los vínculos y limita la posibilidad de reconocernos como parte de un proyecto común.
Si se exige un cambio en la manera de hacer política, ese reclamo no puede quedar reducido a la crítica externa. La transformación democrática requiere involucramiento, disposición a la incomodidad y ejercicio constante de las obligaciones cívicas. Participar no se agota en el voto, implica informarse, cuestionar con argumentos, exigir rendición de cuentas y asumir responsabilidades en los espacios cotidianos.
Como planteó Hannah Arendt, lo político se sostiene allí donde las personas deciden aparecer, hablar y actuar en un mundo compartido. Habitar el desencuentro, entonces, no significa aceptar la fragmentación, es asumir el compromiso de sostener el espacio común, aun cuando el acuerdo no sea posible. En un escenario marcado por el desgaste democrático, permanecer involucrados constituye una condición mínima para cualquier cambio que se pretenda duradero.
