Un niño que crece con hambre difícilmente podrá pensar en el futuro. Una madre sola, sin trabajo ni apoyo, ve cómo se apagan las
esperanzas. Un joven sin acceso a educación ni oportunidades terminara creyendo que el delito es su única salida. Es allí donde se siembra la violencia, no en la celda, sino en el hogar roto, en la escuela que no enseña, en el barrio que nadie mira.
Los orígenes de la violencia se encuentran en hogares atravesados por la violencia intrafamiliar, en barrios donde el entorno social es hostil, donde la infancia crece sin apoyo, sin guía y sin espacios seguros. No se trata de justificar el delito, sino de entender que pocos eligen el crimen desde una vida digna, estable y acompañada. El delito nace en la ausencia: ausencia de Estado, ausencia de oportunidades, ausencia de alternativas.
En un país donde los titulares se llenan de noticias sobre violencia, crimen y hacinamiento carcelario, parece que la única respuesta posible es construir más cárceles. Sin embargo, pocos se detienen a pensar en algo fundamental: los problemas no nacen en las cárceles, nacen mucho antes. Nacen en la necesidad, en el hambre, en la falta de oportunidades, en la desigualdad que condena a muchos desde que nacen.
Es cierto que el Estado necesita cárceles; nadie puede negar la importancia de un sistema penitenciario que garantice seguridad y justicia. Pero si la única inversión que hacemos es levantar muros y reforzar rejas, estamos tratando las consecuencias, no las causas. La verdadera prevención no está detrás de las rejas, está en la obra social. Por eso, si hablamos de seguridad, debemos hablar también de prevención, educación y dignidad. No hay cárcel capaz de contener la frustración de una sociedad que no invierte en su gente. Se necesitan políticas que sostengan, acompañen y eduquen, que atiendan a las familias antes de que el dolor se transforme en delito.
Además, antes de pensar en construir más centros de rehabilitación social, habría que observar con honestidad si los que ya existen realmente rehabilitan. La respuesta, aunque dolorosa, es un secreto a voces: no cumplen con su finalidad esencial. Cárceles marcadas por masacres, hacinamiento, violencia interna, corrupción y abandono no pueden rehabilitar a nadie. Si el sistema penitenciario se ha convertido en un espacio donde la vida vale poco y la muerte es frecuente, hablar de reinserción social resulta casi una ironía. No se rehabilita en el miedo ni en la violencia; se perpetúa el problema.
Invertir en obra social no es un gasto, es una estrategia inteligente y humana. Es asegurar que haya empleo, salud, educación, acceso a vivienda y espacios seguros donde los niños puedan crecer lejos de la violencia. Es construir, no muros, sino oportunidades.
Porque entendamos queridos lectores que, una sociedad justa no se mide por la cantidad de cárceles que tiene, sino por cuántas personas logran no necesitarlas.
