Cada diciembre, el décimo tercer sueldo reaparece como un pequeño respiro financiero en los hogares ecuatorianos. No obstante, en la economía actual marcada por ajustes fiscales, tipos de interés en ascenso y un mercado laboral disparejo este ingreso dejó de ser únicamente una bonificación estacional. Se ha convertido, más bien, en un termómetro de nuestra capacidad de planificación y en un indicador del nivel de resiliencia económica del país.
Según datos del Banco Central del Ecuador, la inflación anual se ha mantenido cerca del 2,2%, una cifra moderada en apariencia, pero suficiente para erosionar el poder adquisitivo de un ingreso que, tradicionalmente, se consume de inmediato. En este contexto, la inteligencia financiera comienza por abandonar la idea del gasto automático y preguntarse: ¿cómo compensar la pérdida de valor en una economía que, paradójicamente, avanza hacia la digitalización financiera mientras sigue arrastrando viejos problemas estructurales?
Desde una perspectiva técnica, destinar parte del décimo al pago anticipado de deudas de consumo frecuentemente superiores al 15% anual genera un retorno efectivo e inmediato, equivalente al interés futuro que se deja de pagar. Del mismo modo, un ahorro programado o un certificado a plazo puede actuar como mecanismo para conservar valor en un entorno donde la capacidad de ahorro nacional ha disminuido por la contracción de ingresos disponibles en ciertos sectores.
El análisis económico sería incompleto sin considerar su dimensión política. El manejo del décimo también refleja las tensiones entre las políticas de austeridad, las expectativas ciudadanas y el discurso gubernamental sobre estabilidad fiscal. Mientras unas voces insisten en la necesidad de disciplina presupuestaria, otras subrayan el impacto social de los ajustes. Entre tanto, el ciudadano promedio recibe su décimo con la sensación de que cada decisión financiera personal compensa, aunque sea mínimamente, los vaivenes de decisiones macroeconómicas tomadas muy lejos de su realidad cotidiana.
De manera sutil, el décimo se transforma así en un micro ensayo de política pública: obliga a pensar en prioridades, evaluar opciones y asumir consecuencias. Y, en un giro inevitablemente satírico, parece que la educación financiera avanza más rápido en los hogares que en ciertos espacios de decisión estatal, donde aún se debate la conveniencia del gasto sin analizar su impacto integral a largo plazo.
Potenciar el décimo, en este escenario, consiste en convertirlo en una herramienta estratégica. En la carrera de Administración de Empresas de la Universidad Internacional del Ecuador, campus Loja, analizamos justamente estos vínculos entre finanzas personales, decisiones de política económica y bienestar social, enfatizando que el fortalecimiento financiero individual contribuye a una ciudadanía más crítica, informada y menos vulnerable a ciclos políticos volátiles.
Por ende, en estos tiempos donde cada medida económica se interpreta políticamente y cada anuncio político repercute económicamente, usar el décimo con inteligencia no solo es útil, también es la forma más pacífica y silenciosa de ejercer soberanía sobre la propia economía.
