La consulta popular se encuentra prevista en gran parte de las constituciones latinoamericanas, y está escrito como un derecho democrático no solo de quien lo promulga, sino de los ciudadanos quienes encuentran un espacio de elección, más no de decisión.
En Ecuador, aquel acto de consulta tiene un dulce sabor a democracia que es reconocida por la gente, y que a su vez, es una gran herramienta que distrae las miradas y conflictos políticos por un tiempo determinado si es utilizada de forma correcta.
Más allá de ser una carta en juego, resulta curioso que muchos mandatarios la utilicen siempre al inicio de gestión, quizás sea porque los primeros meses de gobierno se goza de una aceptable popularidad, entonces, ¿es consulta popular o de popularidad?
Los mandatarios presentan una postura de confiabilidad al saber que sus interrogantes escritas en una papeleta serán aceptadas y con el éxito palpable de que los resultados arrojados serán positivos para la estabilidad gubernamental.
En efecto, popularidad y aceptación es la primera regla básica para ir a una consulta popular, siguiendo los consejos de la comunicación política significaría asistir a una guerra en la que sabes que podrías ganar.
En el 2007, el correísmo fue dos veces a la guerra, y una en el 2011, cuando la popularidad y aceptación eran superiores al 70%. En el 2017, el morenismo replicó la estrategia cuando el “gobierno del diálogo” superaba el 60% de aceptación popular.
Resultaría precisa y hasta utópica la idea de que los presidenciables utilicen la consulta popular como un vía de participación ciudadana y tenga incidencia en la gobernabilidad para una conexión viable entre el estado y el pueblo. La realidad es que este mecanismo solo funciona cuando se quiere imponer una imagen de liderazgo, aceptación y popularidad.
Pero hay una gran diferencia, en primer lugar el gobierno del encuentro aparentemente es una continuidad del gobierno del diálogo, pues con el pasar de los días se evidencia una política y forma de gobierno semejante: inestabilidad política, ministerios a la deriva, una excasa comunicación y falta de apoyo ciudadano (obviamente no creemos en las encuestas de CEDATOS).
Y en segundo lugar, hemos vivido la misma película en reiteradas ocasiones que el término de consulta popular ya suena trillado, es más, creo que algunos ya conocemos el desenlace. Acaso, ¿las consultas populares han significado una solución concreta para las necesidades de la población y superar los vacíos del estado ecuatoriano y la gobernabilidad?
Es paradógico y hasta inverosímil pensar en la idea donde la democracia y la participación ciudadana cohexistan en un estado perteneciente al sentir del pueblo. Lastimosamente las consultas populares solo han servido como una plataforma política para generar adeptos, y no como una plataforma que vele por un estado justo y equitativo, donde las consultas populares signifiquen un empoderamiento global, del pueblo y no del individuo.
