Elaborado por María Abrigo
En los pasillos silenciosos de un quirófano, donde cada segundo cuenta y la precisión salva vidas, Rita Magdalena Quito Lozano se mueve con la serenidad de quien sabe que su labor trasciende los límites de una profesión. Nacida en Loja, esta mujer ha sabido tejer entre turnos quirúrgicos y tareas escolares una vida que hoy inspira no solo a sus colegas en el área de salud, sino también a sus hijos, quienes la miran como el ejemplo más claro de resiliencia y amor incondicional.
Rita es enfermera quirúrgica, una carrera exigente que implica jornadas extensas, emergencias inesperadas y sacrificios que duelen en el alma. “Es una labor muy ardua estar fuera de casa por varias horas y perderme de algunos actos de ellos que no volveré a ver más”, confiesa con nostalgia. Sin embargo, hay una luz que siempre la reconforta: “Me queda la gratitud de que en cada paciente he visto el rostro de mis hijos. Cualquiera de mis pacientes podría ser uno de ellos”.
No creció en una familia de médicos o enfermeros. Su vocación nació en las aulas universitarias, observando con admiración cómo las enfermeras cuidaban a cada paciente sin importar su edad o diagnóstico. Fue allí, en medio de su internado rotativo, que el destino le guiñó el ojo. “Cuando me dieron la oportunidad de instrumentar una Colelap (colecistectomía laparoscópica), supe que ese era mi lugar: el quirófano”.
Pero Rita no es solo una profesional entregada. Es madre, y para ella, esa es la mayor de las profesiones. “Ser madre es una bendición, y no trae un manual. Nos formamos junto a nuestros hijos, y es ahí donde vamos creciendo a la par”, afirma con ternura.
En su hogar, cada momento juntos vale oro. Las reuniones alrededor de la mesa son rituales sagrados donde se comparten historias del día, entre risas y miradas cómplices.
“Nos preguntamos cómo fueron las clases, cómo estuvo el trabajo, qué novedades hubo… y ese compartir, por sencillo que parezca, es lo que nos mantiene unidos”.
Esa unión ha sido su ancla en tiempos difíciles. “Lo más gratificante que he vivido con mis hijos es la lealtad y la fuerza que hemos tenido cuando parecía que no había salida. Juntos hemos salido adelante y formado un gran equipo. Ver cómo cada uno va plasmando sus sueños me llena de orgullo”.
Rita se emociona al hablar del futuro. Lo imagina con sus hijos caminando a su lado: “A mi derecha, mi psicóloga; a mi izquierda, mi fisioterapeuta; y al centro, mi pequeña Belén, quien es el empuje de todos nosotros”. En su horizonte también está su deseo más profundo: convertirse en docente de la carrera de Instrumentación Quirúrgica, y así sembrar en otros jóvenes la misma pasión que un día encendió su vocación.
Rita Quito no solo sana cuerpos. Con cada gesto, con cada palabra, con cada acto de amor, también cura el alma. Porque entre bisturís y abrazos, ha aprendido que la vida se trata de eso: de cuidar, de resistir, y sobre todo, de amar sin medida.
