En el marco del Día del Padre, la historia de Marlon Tandazo Palacio —lojano de 48 años, consultor y conferencista— nos invita a mirar la paternidad como una oportunidad transformadora, más allá de los roles tradicionales. Su experiencia como padre de dos hijos refleja un compromiso profundo con la formación afectiva, consciente y cotidiana.
“Ser papá me cambió la vida completamente”, afirma con una mezcla de orgullo y sensibilidad. “Ya no se trata solo de uno, sino de estar pendiente, desde que uno se levanta hasta que se acuesta, de que tus hijos tengan lo indispensable. Aunque a veces, incluso les provoqué pequeñas incomodidades para que aprendan a valorar la generosidad de la vida”.
Desde su rol como profesional, Marlon supo replantear su estilo de vida. Tras años de trabajo bajo relación de dependencia y con fines de semana ocupados, decidió, junto a su esposa, dejar atrás el ritmo absorbente de un negocio que les restaba tiempo en familia. “No quería ser un papá de fin de semana”, asegura. Así, eligieron mudarse a Loja, buscando un entorno donde sus hijos pudieran crecer con ellos cerca. Desde la pandemia, el 75% de su trabajo se realiza desde casa, lo que le permite vivir su paternidad con mayor presencia e intención.
Marlon concibe la paternidad como un proceso de formación mutua. “Es una gran oportunidad que me ha dado la vida para educar desde el amor, la ternura, la tolerancia y la paciencia… que a veces no sobra, pero uno recuerda que es papá y recibe una dosis extra”, comenta entre sonrisas. Esa conciencia de estar formando futuros hombres le impulsa a ser mejor cada día, a superar frustraciones y miedos con valentía.
La conexión con sus hijos, Theo y Emiliano, es un vínculo lleno de significado. A la distancia, mantiene con el mayor rituales digitales que denominan “momentos papá-hijo”, mientras que con el menor comparte actividades deportivas y creativas. “En el camino de regreso a casa es cuando Emiliano me abre su corazón, y esas conversaciones son invaluables”, relata.
Incluso en su trabajo como conferencista, Marlon integra a su familia. Ellos participan en la logística de sus eventos, documentando en fotos y videos cada experiencia. “Somos un equipo”, afirma. Y en cada feria, exposición escolar o partido de fútbol, hace todo lo posible por estar ahí. “Porque cuando ellos alzan la mirada y te encuentran entre el público, su felicidad se convierte en confianza”.
Conmovido, cierra la conversación con una reflexión sincera: “Los veo felices, serviciales, comprometidos con sus sueños y contentos de ser quienes son. Y eso, para mí, es el mayor regalo de la paternidad”.
Una historia que demuestra que ser padre no es solo dar vida, sino acompañarla con ternura, constancia y una dosis generosa de amor.
