«El Estado proclama integridad desde sus palacios, mientras el maestro grita justicia desde las calles. No hay ética pública sin educación digna, ni ley que valga si el pueblo educador es ignorado. Cuando el maestro marcha, enseña; cuando el Estado calla, grita su corrupción.»
I. Prólogo del abismo: entre la ley y la calle: Hace apenas unos días, el país aplaudía o discutía la promulgación de la nueva Ley Orgánica de Integridad, Ética Pública y Prevención de Conflictos de Interés. Una norma necesaria, dirán algunos. Un gesto simbólico para limpiar el rostro sucio del Estado, dirán otros. Pero mientras los tecnócratas afinan sus discursos en salones climatizados, en las calles se levanta la voz inquebrantable de los maestros, una voz que no es nueva, pero que sigue sin ser escuchada.
¿Cómo podemos hablar de ética pública cuando el Estado se desentiende de quienes encarnan el deber moral de formar ciudadanos? ¿Qué integridad pregonamos si el maestro debe marchar, ayunar o encadenarse para ser escuchado?
La ética que no toca la tierra del pueblo es sólo retórica de escritorio.
II. La Ley de Integridad: espíritu justo en cuerpo roto: La nueva Ley de Integridad tiene, en sus líneas, aspiraciones nobles: evitar el nepotismo, desterrar la corrupción, exigir transparencia. Sus artículos buscan devolverle dignidad al servidor público y confianza al ciudadano. Celebro su existencia. Pero también denuncio su hipocresía operativa.
Porque no hay integridad donde hay impunidad selectiva. No hay ética donde hay sueldos congelados, nombramientos postergados, escuelas cayéndose a pedazos.
La ley habla de «conflicto de interés», pero el verdadero conflicto es el del Estado consigo mismo: proclama principios mientras reprime derechos, invoca transparencia mientras se opaca en su trato con los más humildes.
III. El rugido del magisterio: la dignidad que camina: En estos días, la Unión Nacional de Educadores (UNE) vuelve a llenar las plazas. Exige lo que debió ser un consenso básico de la política: educación pública de calidad, estabilidad laboral, respeto a la carrera docente, cumplimiento de sentencias.
Pero el gobierno responde con la indiferencia de quien ha perdido el alma.
El magisterio no es una piedra en el zapato del poder: es el alma misma de la República.
Si el maestro no puede vivir con dignidad, el país está condenado a repetir la lección más triste de la historia: la desigualdad como sistema.
IV. ¿Integridad sin justicia social? La gran contradicción: Pocas veces la contradicción ha sido tan obscena. Por un lado, una ley que promueve “la ética pública como valor transversal en la administración del Estado”.
Por otro, maestros a quienes se les niega el derecho elemental a ser escuchados, a que se les cumpla lo pactado, lo juzgado, lo ganado.
No se puede hablar de integridad en el servicio público mientras la columna vertebral del sistema educativo clama por sobrevivir.
No hay ética sin justicia social.
No hay república sin maestros.
V. La educación como gasto, no como inversión: Cada vez que hay crisis económica, el primer presupuesto que se mutila es el de la educación.
Se reduce la inversión en infraestructura escolar, en capacitación, en salarios dignos.
Pero jamás se reduce el costo de la corrupción, de la burocracia innecesaria, de los privilegios del alto mando.
¿De qué sirve una ley de integridad si el propio sistema presupuestario del Estado castiga a quienes forman las generaciones del mañana?
El verdadero conflicto de interés no está en los cargos, sino en la visión de país:
O apostamos por la educación, o pactamos con la mediocridad.
VI. La protesta como pedagogía de la resistencia: Cuando el maestro protesta, enseña.
Cuando el docente marcha, educa.
Cuando el educador grita, hace de su voz una nueva cátedra: la cátedra de la dignidad.
Los gobiernos temen a la UNE porque su lucha no es individualista ni coyuntural.
Es estructural.
Es histórica.
Es la memoria colectiva de quienes no han dejado de creer en un país educado, formado, libre.
Mientras los ministerios redactan discursos sobre ética, el maestro escribe en la calle la lección más noble del civismo: el derecho a ser tratado con justicia.
VII. ¿Qué ética es esta, que calla cuando los niños aprenden en escuelas sin techos?: Hablan de ética pública y no se inmutan cuando hay escuelas rurales sin agua potable.
Hablan de integridad institucional y no se sonrojan cuando a un maestro le adeudan sus haberes.
Hablan de lucha contra la corrupción, pero callan cuando los contratos educativos se reparten entre compadres políticos.
¿Qué ética es esta, que no se duele del hambre del educador?
¿Qué integridad es esa, que no se compromete con el futuro del niño?
VIII. Conclusión: el deber de escribir con justicia, no sólo con leyes: Como jurista, como ciudadano, como padre, como hombre de palabra, me niego a callar.
No celebro leyes que suenan bien pero que no se reflejan en la vida del pueblo.
No avalo discursos que hablan de moral mientras postergan al magisterio.
Hoy, más que nunca, la ética pública debe mirar a los ojos del maestro, debe oír sus cantos de lucha, debe sentarse en su pupitre y aprender humildad.
Epílogo: el maestro, centinela de la patria
“Cuando el Estado calla, el maestro habla.
Cuando el poder traiciona, el maestro recuerda.
Cuando la ley se vuelve letra muerta, el maestro la revive en la pizarra de la esperanza.”
Porque sin ellos, ni ley, ni república, ni ética será posible.
Porque si la patria aún tiene alma, es porque alguien enseñó a amarla.
«Algún día, no muy lejano, la ética dejará de ser discurso y se volverá decisión. Porque hay quienes no solo escribimos leyes, sino que estamos dispuestos a encarnarlas. No para gobernar desde el poder, sino para servir desde la verdad. Y cuando ese día llegue, la historia recordará quién estuvo del lado del maestro.»
Realizado por:
Frank Editson Castillo Ramírez
C.I. 0704048693
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8432-2378
Cel: 0985707410
