Hacer política al menos en este país se ha convertido en una escena repetida; el candidato que aparece cuando hay cámaras, el discurso que
promete redención colectiva, la cercanía calculada con “el pueblo” que desaparece al día siguiente de las elecciones. Y es precisamente ahí donde empiezo a disentir.
Hablo desde una incomodidad personal. No tolero al político que descubre a la gente únicamente en época electoral, como si la realidad social fuera un escenario que se arma y se desmonta según la conveniencia. Me resulta aún más cuestionable aquel que convierte la política en espectáculo; tarimas, consignas fáciles, promesas infladas que apelan más a la emoción que a la responsabilidad.
He llegado a una conclusión que puede sonar simple, pero que en la práctica es profundamente exigente, hacer política no es aparecer, es permanecer.
No es la foto con el ciudadano, sino la decisión que se toma cuando esa foto ya no genera rédito. No es el discurso sobre los derechos, sino la capacidad real de sostenerlos incluso cuando hacerlo implica perder popularidad. No es “luchar por la gente” como frase, sino asumir el costo de hacerlo en estructuras que muchas veces castigan la integridad.
Hacer política, en su sentido más serio, es una práctica cotidiana de poder responsable. Es entender que cada decisión por pequeña que parezca configura la vida de otros. Es renunciar a la comodidad del aplauso inmediato para apostar por resultados que quizá ni siquiera serán reconocidos en el corto plazo.
Por eso desconfío del político que habla demasiado bien. Porque la política no debería medirse por la elocuencia, sino por la coherencia. Y la coherencia no se grita, se demuestra en silencio, en los espacios donde no hay campaña, donde no hay público, donde no hay necesidad de convencer a nadie.
Ahí, en ese terreno invisible, es donde realmente se hace política.
Y tal vez el problema no es que no existan buenos políticos, sino que hemos aprendido a mirar en el lugar equivocado. Hemos confundido presencia con compromiso, discurso con acción, cercanía momentánea con responsabilidad sostenida.
Yo no quiero un político que me hable bonito. Quiero uno que actúe correctamente, incluso cuando no tenga a quién impresionar.
Porque, al final, yo no creo que la política de verdad se haga en una tarima ni frente a un micrófono.
Para mí, la política se define en esos momentos donde no hay cámaras, donde nadie está aplaudiendo, donde lo único que queda es la decisión que tomas y la responsabilidad de sostenerla.
