Un recorrido por la ruta de los tacones altos

Cae el telón de una jornada de labores de un miércoles cualquiera, el sol que cobijó a la ciudad se despide con un último rayo de luz que se escabulle sobre el Villonaco, la oscuridad de la noche se acompaña con el frío viento que recorre las calles, son las 21h00 y decidimos visitar la zona de tolerancia para contarle cómo se vive una jornada en la ruta de los tacones altos.

Vamos en compañía de algunos conocidos, los compañeros de recorrido en la ruta que muchos caballeros acostumbran a realizar varias veces por semana. Nos acercamos a la esquina más cercana, levantando el brazo hacemos la señal convencional para tomar un taxi, entre risas, desde el asiento posterior sale la orden de llevarnos a “donde la vida no vale nada”, el conductor entiende la dirección.

Por un momento nadie se pronuncia, no se habla durante un pasaje del recorrido; al llegar a nuestro destino, se cancela la carrera al conductor y empieza la aventura de la noche. Varios vehículos particulares, parqueados ordenadamente, esperan la salida de sus propietarios de los cabarets. Las luces, la música y el número de autos en las afueras de cada establecimiento nos indican cual goza de mayor aceptación.

 Nuestro paso es lento, caminamos en grupo, cuidamos la seguridad de todos, nadie se queda atrás. Levantamos la mirada y el letrero que sobresale por sus luces entre la oscuridad de la noche, nos invita a pasar; en la puerta, dos ciudadanos se encargan de revisar que portemos nuestra identificación y piden que cancelemos $1,50 para ingresar, a cambio de la transacción, uno de ellos abre una nevera y entre la fría brisa que sale, nos entrega una cerveza a cada uno.

La puerta de ingreso se adorna con la imagen de dos mujeres con muy poca ropa. Al cruzar la entrada, se queda de lado el frío de la noche, la oscuridad de ella, la timidez de uno del grupo y se cambia por el calor del lugar, las luces que invitan hacia el bar, las mesas ocupadas en su gran mayoría y el panorama de hermosas mujeres que esperan a sus clientes de pie en su habitación momentánea.

Encontrarse con muchos conocidos y saludar al principio dando la mano para luego levantarla y saludar a la mayoría como si fuésemos políticos en campaña, es la primera anécdota de la noche. Nos dirigimos a una mesa, las cervezas parecen que hablaran y pidieran que se las consuma al instante. No es raro apreciar a caballeros de toda edad y estrato social, desde trabajadores de la construcción con sus jean y camisetas hasta ejecutivos con sus ternos y corbatas.

Las chicas lucen bellas, su maquillaje es impecable, su figura esbelta, su caminar coquetea al mismo destino invitándolo a caer en las redes de su compañía; cuando se acercan a nuestro lugar, el aroma de su cuerpo impregnado con la fragancia de las cremas que utilizan para alcanzar un peculiar brillo y suavidad en su figura casi desnuda, trastocan la resistencia de un hombre para mantenerse firme ante la tentación.

Lo helado de las cervezas, juegan con el calor de sus cuerpos, que pese a estar casi descubiertos no tiritan por el frío de la noche. Una de ellas se presenta, se sienta junto a un amigo que reacciona preguntando su nombre, la respuesta Bianca, que obviamente conocemos que no es real. La noche avanza, las botellas vacías desfilan entre nuestra mesa y el bar, los saloneros del lugar se acercan a retirar las que no tienen contenido y toman el pedido de más cerveza.

Varias señoritas, esperan en su cuarto, un tipo se les acerca y la puerta se cierra,  a los pocos minutos, sale el caballero de la habitación como si la vida le brindase otra oportunidad. Y el desfile hacia la habitación número 12 del lugar, continúa con frecuencia. Al preguntar a Bianca cómo es su vida en este oficio, nos responde que son varias historias de cada una y que no vale la pena comentarlo.

Detrás de nuestra mesa, aguarda un escenario como un tubo de acero que refleja el juego de luces que se dirigen hacia él, la música cambia y la voz de que incia el show inunda el lugar. Desde un costado, cubierta con una bata, se dirige una de las chicas a cumplir con una rutina de baile erótico. Sube al escenario, se despoja de la bata y enseña una voluptuosa figura en la que un diminuto traje de enfermera resalta por su colorido.

Con el avance de la pista musical, armónicamente, de a poco, va quitándose cada prenda mientras su figura se aferra al frío acero para realizar algunas acrobacias. Sus movimientos cautivan a los presentes, algunos ya clavados sobre la mesa perdidos en el mundo al que te lleva consumir varias cervezas, otros con la mirada fija en el baile de la dama que lentamente va dejando ver el desnudo de su cuerpo a cambio de unos cuantos aplausos.

En cada habitación, los tacones altos estilizan aún más la figura de mujeres que sabe Dios porque siendo tan hermosas se dedican a esta labor. Los cuartos donde prestan sus servicios se limitan a una especie de cama con un colchón y una baño, un espacio pequeño, para lo que realizan no necesitan un patio.

Las luces se reflejan en la mirada de estas mujeres que sólo aguardan para cumplir con su trabajo, mirada que habrá visto cientos de veces y en varios lugares el panorama que nosotros apreciamos, el de las cervezas con muchos hombres consumiéndolas para olvidar por momentos lo complicado de sus vidas; el de las puertas de los cuartos abriéndose y cerrándose con un desfile de caballeros que toman los servicios de la misma señorita.

Decidimos que nuestra jornada debía ir terminando de a poco, las últimas cervezas se iban vaciando y nuestra salida iniciaba con una última vista de las chicas del lugar. Salir y tomar un taxi de vuelta a la ciudad, no es complicado, los hay esperando para cumplir con una nueva ruta. Dejamos atrás un mundo de frías cervezas y dinero a cambio de placer, por la realidad en la que desempeñamos nuestro trabajo de comunicación para contarles, sólo un extracto, de nuestro recorrido en la ruta de los tacones altos.