¡Nos guste o no!

¡Nos guste o no!

“Todo está perdido, cuando los malos sirven de ejemplo y
los buenos de mofa.” Demócrito

Cuando el odio o la antipatía, o incluso una mera percepción, se enquistan en la realidad de una persona es en vano tratar de hacerla entender otra posibilidad. Esta actitud negativa se superará con el tiempo, cuando razonemos y esclarezcamos de que nuestro juicio estuvo equivocado. Y es que equivocarse en sí no es negativo, al contrario, lo que deviene nos hace adelantar con bases más sólidas, más despejadas. Advertencia: uno hasta podría terminar amando lo que un día fue despreciado.

Viene a mi mente una lúcida conversación con una amiga entrañable, en una tarde tibia de Malacatos. Retrotraigo, parafraseando su síntesis … “los ecuatorianos”, decía ella, “somos hijos de la misma historia, de la misma camada que heredó su idiosincrasia y quienes ya instruidos por nuestras escuelas se lanzaron al mundo a desempeñar cargos en las diferentes estancias del Estado. Igualmente, otro tanto de jóvenes buscó y creó oportunidades para desplazar su experticia en emprendimientos privados. He ahí el tronco de dónde vinimos: unos prefirieron ser corruptos y otros ser ciudadanos respetables. En suma, esa es nuestra historia, compuesta de los mismos actores que hoy están perfilándose e irrumpiendo en nuestro presente. Lo que ahora somos ineludiblemente da indicio de dónde vinimos. Somos, sea lo que sea, una nación, una unidad y a esa unidad hay que orientarla por nuevos senderos, aceptando y guiándonos por los logros, pero también enmendando los errores. Solo así, en una forma orgánica, seguiremos adelante. Es un proceso dialéctico. Al cambiar nosotros, cambiamos a nuestro Ecuador y nuestro Ecuador nos cambiará a nosotros”.

En otras palabras, y para ser más puntual, entre los aciertos de la llamada “década ganada”y el “supuesto desastre” que ahora se dice del gobierno anterior, la verdad está en la mitad. Una mitad que nos anima a seguir construyendo nuevos derroteros.

Si tal observación está aproximada a nuestra realidad nacional, entonces resultaría casi desatinado o demasiado optimista exigir a cualquier gobierno a que cumpla con su gestión administrativa libre de corrupción, más allá de ideologías políticas antagónicas. Desatinado o demasiado optimista porque para construir una sociedad con corrupción mínima se necesita institucionalidad y un proceso democrático ininterrumpido. Esto no hemos tenido en su mayor parte en la historia ecuatoriana. La meta es reducir la corrupción en todos los frentes: público y privado. Para esto, no habrá ni Lassos, ni Nebots, ni Correas que puedan o se los deje gobernar. No habrá Constitución que ampare los derechos y responsabilidades de los ciudadanos, porque se la irrespeta según la coyuntura o el capricho de improvisados. No habrá institucionalidad que gestione la gobernabilidad de futuros regímenes, porque a todo nos oponemos, sin ser propositivos. El problema, en suma, no tan solo es de los presentes o futuros líderes, sino también es nuestro. Hemos sido demasiado permisivos.

La historia del Ecuador seguirá desplegándose, al paso que llevaremos con nosotros nuestra oposición o nuestras preferencias. Por lo tanto, más nos vale ir metabolizando la significación de Rafael Correa en el Ecuador. Pues, al parecer, su presencia, como un espectro, permeará en nuestro discurso político por mucho tiempo. Nos guste o no, pintó un nuevo panorama político, inaugurando otro estilo de gobernanza. Nos guste o no, hoy hablamos de derechos sociales y políticos cuando ayer eran impensables. Nos guste o no, aún en un clima anticorreista, azuzado por los medios masivos, su vigencia no está acotada. Contrario al objetivo, la estrategia de descoerrisación está dando resultados adversos. Hoy, según los resultados de la última consulta, él figura como la oposición oficial con un 37%. Mientras las últimas encuestas de Perfiles de Opinión o Cedatos corroboran que la credibilidad de Lenin Moreno va a la baja. Nos guste o no.

Podemos estar seguros de que si no educamos a nuestros jóvenes hacia la vocación de ser democráticos y respetuosos ciudadanos, no valdrá gobierno alguno así este sea óptimo.

Luis Alfredo Castillo

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