La vida en una jeringuilla de insulina

Redacción: Yosselyn Gaona

 “La diabetes es una enfermedad que sé que la tengo que llevar para toda mi vida.  Se la puede controlar y se puede llevar una vida tan normal, como quienes no la tienen”.

Esta enfermedad conocida científicamente como Diabetes Mellitus, no conoce de edad, género, ni posición económica. Viene motivada por falta de efecto de la insulina, en la cual se eleva los niveles de glucosa en sangre. Existen tres tipos: tipo 1, tipo 2 y la diabetes gestacional.

La menos común es la Diabetes Tipo 1 que afecta a niños, adolescentes y jóvenes.

Renata tenía 12 años cuando le diagnosticaron ese tipo de diabetes, coincidiendo así con importantes cambios, pues entraba a su adolescencia.

Aquella enfermedad había llegado de improvisto, aunque alertando con la anterioridad de una semana, su madre Alexandra, fue quien sospechó de la enfermedad, ya que el shock metabólico que provocó alteraciones y desequilibrios en su cuerpo, eran evidentes sospechas para debutar como diabética.

La familia no daba crédito a la posibilidad de que Renata a su corta edad, tuviera Diabetes, pues erróneamente creían que era una enfermedad solamente para personas mayores, sin embargo, los exámenes médicos lo daban por hecho, uno tras otro mostraba los niveles de glucosa en sangre no menos de 300 mg/dl., cuando el rango normal es de entre 70 y 110 mg/dl.

Aquella noticia había sido una bomba emocional, una sacudida para toda la familia, puesto que cuando un familiar enferma se produce un temblor en el seno familiar, cuando además el que se enferma es un niño, ese temblor se transforma en una explosión de desesperación. Esta enfermedad no es de asunto privado: se origina, desarrolla repercute física, psíquica y emocionalmente en el grupo familiar y en quien la padece.

Quienes la viven día a día, saben que no es fácil y para Renata, aquello era algo que la acompañaría para toda su vida.

En sus inicios, ella no había sentido la brusquedad con la que la enfermedad había llegado y mucho menos como una enfermedad trágica.

Sin embargo, llego el día en que ella tuvo que responsabilizarse por sus cuidados y fue ahí cuando verdaderamente empezó a renegar de la enfermedad. Sabia además que no podría dejar de hacerlo porque la insulina llega a ser su motor de vida.

Acompañada de experiencias, la mayoría tristes, Renata vivía avergonzada de su enfermedad, pasó como dos años deprimida, preguntándose por qué la enfermedad la había escogido, perdió el interés a todo, inclusive decía que quería morirse y que su vida no era vida.

Poco a poco, con el apoyo de su familia y la gran ayuda de su doctor, fue saliendo de ese estado de ánimo, asimilando la enfermedad y comprendiendo que su vida puede seguir con normalidad.

Algunas ocasiones los hospitales se han convertido en su segunda casa y en angustia para sus padres y hermanos, porque ha visto también en ellos, el miedo que tienen a que no pueda salir de las trágicas situaciones en las que se ha encontrado, pero no lo dice orgullosamente, ya que sus visitas han sido la mayoría de veces por su mal cuidado, sin embargo, ella rescata que esas experiencias le han enseñado a que debe cuidarse para estar bien, para querer vivir más tiempo. Ahora ella valora la vida muchísimo más que antes, sabe que parte de su vida se encuentra en una jeringuilla de insulina.

“Pienso que una persona que es diagnosticada debe ser fuerte porque sí que van a poder con la enfermedad, al principio es duro, pero lograrán estar bien. Ya luego es parte de nosotros”

Para Renata, la Diabetes la ha convertido en una mejor persona y entre risas se pone a pensar que a muchos le asusta las agujas y que para un diabético eso les causa cosquillas. Seriamente hablando como ella dice: “Es una enfermedad de subidas y bajadas, solo hay que agarrase bien. Tener Diabetes no significa que te vas a morir, solo hay que pensar en cuantas cosas buenas hay por vivir y que sólo hay que saberla llevar”.

 

 

 

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