La realidad delictiva en la José Antonio Eguiguren

Prostitución, homosexualidad, proxenetas y presuntos microtraficantes, “adornan” cada noche una de las calles del centro de Loja que desde hace rato se convirtió en referente de peligro y centro de delincuencia.

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Ya son varios años, incluso décadas, en las que al caminar por la noche en el casco céntrico de la urbe se observa una realidad paralela a la agitada vida diurna lojana. El silencio y la penumbra unen lazos al caer el sol, sutilmente cobijan un particular escenario donde se profesan prácticas que, de a poco, invaden más a una sociedad lojana que se niega a creerlo.

Retomamos nuestros recorridos, aquellos que centran su mirada en las noticias que para muchos no lo son, en las historias que no se quieren narrar, y en los sucesos que, por temor, se trata de ocultar.

Luego de soportar una fría tarde lojana, nuestro equipo coordina acciones para cubrir un recorrido en la famosa calle José Antonio Eguiguren, misma que en el día es un corredor normal de comercio y servicios, pero que en la noche muestra su faceta nocturna que abarca otros fines, principalmente en el tramo entre la Avenida Universitaria y 18 de Noviembre.

El viento es nuestro compañero infaltable, al parecer entiende y conoce de nuestra labor, caprichoso sopla desde el norte y nos saluda con un frío abrazo que eriza nuestra piel y nos recorre por todo el cuerpo; sutilmente nos silva en el oído disculpándose por la “cálida bienvenida” y nos alienta a seguir, invitándonos a dialogar con él, echando esas famosas palabras al viento.

Hace aproximadamente dos horas y media el sol se ocultó en Loja, el ambiente de ajetreo y corre-corre bajó su intensidad y la oscuridad ganó protagonismo, por tanto iniciamos con nuestro trabajo en la zona tan particular que ya es punto referente para ciertas actividades en la ciudad.

Con las manos en los bolsillos, tratamos de sortear la baja temperatura y emprendemos rumbo. Aún la noche empieza y ya no es extraño apreciar a ciertas señoritas, incluso señoras, arribar a la calle José Antonio Eguiguren, con una actitud recatada pero muy atenta; ellas apuestan a encontrar clientes que soliciten sus servicios, aquellos que buscan sexo y que saben que ahí lo obtienen.

Es que la prostitución invadió desde hace mucho a esta calle, la que pasó a ser la nueva 10 de Agosto en Loja, para cumplir con los fines de una de las profesiones más antiguas del mundo. Muchos dirán que es novedad, pero otros confirmarán lo que en estas líneas presentamos, especialmente, los que para llegar a sus hogares deben rodear este punto para no ser víctimas de cualquier problema por las personas que se encuentran ahí.

Recordamos que cuando éramos pequeños ya escuchábamos que en la esquina de la Avenida Universitaria y José Antonio Eguiguren, en un conocido lugar de alojamiento, mujeres que ejercían la prostitución buscaban un lugar para descansar de su jornada. Hasta ahí no había mayor novedad, pero con los años la cosas cambiaron.

Algunas decidieron ejercer su profesión ahí mismo, decisión que acarreó la presencia de sus hombres, quienes son responsables de su cuidado, pero que a la par aprovechan para sorprender a cualquier desprevenido o para expender pequeños artículos de dudosa procedencia, principalmente, equipos de telefonía móvil, además de sustancias prohibidas.

La verdad es que ya nadie se atreve a caminar por la José Antonio cuando llega la noche, y los que lo hacen pasan presurosos por ese tramo con mucha atención de la gente que los rodea. A propósito, los protagonistas de la noche no son lojanos, son ciudadanos de diferentes puntos del país que llegaron a Loja, en mayor parte, de la Costa ecuatoriana.

El frío no es problema para las damas, ellas se mantienen firmes, como si nada, no se inmutan con el silencio y penumbra; de vez en cuando frotan sus manos para hacerle frente al viento que trata de congelarlas. Su vestimenta es normal, no llevan más que lo básico: jeans, blusa, un ligero abrigo y zapatos con un pequeño tacón.

Con el pasar de las horas, cerca de la media noche, el silencio se quebranta y el ambiente empieza a subir de intensidad. Vehículos empiezan a pasar una y otra vez, no es difícil identificar que sondean la zona, nada más dan la vuelta a la cuadra: toman la José Antonio, se dirigen por la Avenida Universitaria, cruzan en la Colón y giran en la 18 de Noviembre para nuevamente transitar por la José Antonio.

En las esquinas las damas esperan, a escasos metros de distancia y caminando de un lugar a otro, apreciamos a sus hombres, quienes visten al estilo urbano, con gorras de visera recta que lucen en forma particular para tratar de ocultar su rostro.

Los vehículos se detienen y la negociación es rápida, no conocemos el contenido del corto diálogo, desde nuestra posición no podemos escucharlo, pero al parecer, la tarifa, es mucho menor de los servicios sexuales que se ofertan en la zona de tolerancia. Tras cortas palabras, la dama sube al vehículo y se dirige a su cometido, brindar placer a su amante de turno.

En tanto que, su protector se mantiene en el sitio y aprovecha para fumar un cigarrillo y acercarse a vehículos que también se detienen fugazmente en la zona. Es prácticamente imperceptible cuando el vehículo se detiene, apenas serán fracciones de segundo, pero el hombre aprovecha para acercarse y dirigir no más de cuatro palabras al conductor, mismo que en minutos regresa para volver a cumplir con el proceso y con un rápido cruce de manos, alejarse velozmente del lugar.

Al parecer, el microtráfico invade la zona y gana espacio en potenciales consumidores lojanos. Los automotores que arriban al sitio son de gama normal, de los que normalmente circulan por las calles lojanas, pero el ambiente vehicular cambia cuando las horas transcurren y la noche “brilla” en su total magnitud.

Antes de continuar con los detalles que se producen en la zona, observamos que varios ciudadanos caminan repetidamente por el centro. Su forma de caminar, su acento y expresiones dejan mucho que desear y nos alertan de sus intenciones. Es que por la noche el centro de Loja dejó de ser un lugar desolado y silencioso para pasar a ser un escenario para gente de dudosa reputación.

En horas de la madrugada, el frío se intensifica, las aceras son témpanos de hielo y el asfalto es la tarima del deseo lujurioso y adictivo de muchos para encontrar placer sexual y alucinógeno. Si bien cualquier persona espera que al llegar la madrugada los ánimos bajen de intensidad, las cosas no son así.

Nuevos personajes invaden las cercanías del sector, sus tacones altos, su ropa apretada, su alborotada cabellera, su particular forma de hablar para acercarse a un acento femenino y sus escandalosas risas quebrantan al mismo frío y silencio para otorgar otros ánimos a la zona.

Y lo que les mencionamos sobre los vehículos, ahora empieza a cambiar. Toda la noche las damas que señalamos, subieron y bajaron de vehículos, normales, como citamos, pero con los nuevos personajes, los clientes cambian. Autos de considerable precio, que seguramente pertenecen a gente pudiente, se acercan a ellos y solicitan su servicio.

A diferencia de lo que pasa con las damas, el diálogo entre ellos y sus clientes es más extenso. Risas van, risas vienen, y las palabras afloran en entretenidas pláticas, hasta que al cabo de minutos la negociación se cierra y las puertas de los lujosos vehículos se abren para invitarlos a subir.

La prostitución homosexual es evidente, los travestis que acuden son ciudadanos que no sobrepasan los 28 años y su actividad tiene demanda, incluso, nos atrevemos a decir, que mucho mayor que la que tienen las damas que se ubican en el sector.

Los ánimos se caldean luego, la gente que recorre de un lugar a otro busca problemas, tal vez con el ánimo de poder arrebatar las ganancias de la jornada y ya en la madrugada todo se esfuma con rapidez. La fría noche borra todo lo que ahí pasó y el viento se lleva cada palabra de las negociaciones sexuales y de las que preguntaban el precio de ciertas sustancias.

Como secreto de confesión, sólo el viento sabe y guarda celoso esas pláticas y espera que el día transcurra para volver a escuchar nuevas historias. Decidimos escribir estas líneas para que quienes no lo conocían, se enteren de la realidad que existe en cuando cae el sol en la José Antonio Eguiguren, donde la delincuencia, prostitución y microtráfico tienen un escenario que llama a diario a muchos lojanos.

 

 

 

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