Cuando un amigo se va…

Cuando lo absurdo de la soledad hace presa en la consciencia de quien la padece, existe un letargo que invade las aspiraciones de seguir peleando y de regresar a un pasado donde cada sonrisa invitaba a soñar sin remordimiento alguno; donde las largas jornadas de charlar y charlar con los amigos eran lo mejor que se podía vivir.

Existen ocasiones en las que inconscientemente le queremos poner pausa a nuestra ajetreada vida, espacios donde lo único que queremos es volver a ser felices con poco, sin abusar de nadie, sin lastimar a nadie, sin menospreciar a nadie, sin pretender que un apellido nos hace más o menos que otros.

Nos embarcamos en un recorrido que, tal vez, pocos acostumbran, el de salir rumbo a la morada de un buen amigo que por designios del Todopoderoso ya no nos acompaña. Invadidos por esa sensación de nostalgia, melancolía y soledad, buscamos un lugar que conjugue silencio y esperanza, lágrimas e ilusiones, despedidas y promesas de volver de visita: la tumba de aquel amigo con el que disfrutamos tantas alegrías.

Cumplimos una jornada en la que sólo miramos el reloj, segundo a segundo, esperando que las horas pasen. El telón del día cae acompañado de una pequeña llovizna y una temperatura que nos invita a llevar las manos a nuestros bolsillos. Nos sentimos deprimidos, como cuando sin la necesidad de que nos haya pasado algo malo, estamos pensativos fijando nuestra mirada al horizonte, como preguntándonos ¿qué es lo que queremos?, ¿a dónde vamos?

Para algunas personas la oscuridad es sinónimo de miedo, para nosotros es una oportunidad de disfrutar del silencio y la calma que nos regala la noche. Pese al frío, decidimos salir a caminar, tratando de resolver la ecuación emocional que nos llevó a buscar un espacio de soledad que pide a gritos de buena compañía, tal vez nos entiendan.

Los jeans y la camisa le dan el relevo a la ropa deportiva. Frotando nuestras manos salimos a dar una vuelta no muy lejos de nuestro hogar. Cada paso se convierte en una especie de descarga eléctrica que sube por nuestra columna y captura el sentimiento de ansiedad que nos invade.

Briosos pasos se convierten de a poco en una carrera que nos conduce a adentrarnos en el cementerio. Es mentira que te sientes raro, o que un escalofrío te recorre por el cuerpo, lo que sí es verdad, es que puedes escuchar tu corazón palpitando armónicamente invitándote a seguir luchando por lo que un día prometiste alcanzar.

Resulta tan extraño respirar ahí, porque cada vez que el aire llega a nuestros pulmones nos hace pensar en que de un momento a otro, pasas a un olvido y soledad del que todos juramos no formar parte cuando  de un familiar o amigo se trate.

Todo está tan quieto, tan tranquilo. La melodía que retumba en el lugar es el sonido del viento que mese a las ramas de los árboles. Sentimos que regresamos al principio de todo, donde todo inicia y todo acaba.

No tenemos mucho que contar en el recorrido, el silencio y la soledad son los únicos protagonistas de momento. Llegamos al punto en que preferimos avanzar nuevamente a paso lento. Caminamos y tratamos de apreciar hasta el mínimo detalle en el lugar.

Nuestro objetivo, como lo mencionamos al inicio, es el de visitar a un amigo, el de conversar (aunque resulte difícil entenderlo) de aquellos sueños e ilusiones que juramos cumplir.

Recordar todo lo que cuando éramos niños nos hacía desear ser grandes, es lo primero que nos motiva se saludar. Nos sentamos junto a la tumba, un par de palmadas sobre la lápida sirven para decir presente. El frío hace que nos acurruquemos y llevando nuestras rodillas hacia el pecho, abrazamos nuestras piernas para conservar el calor.

Puede que nadie haga lo mismo, ni siquiera en el día, menos aún durante la noche, pero cuando entre millones de personas en el mundo nos sentimos solos, la mejor compañía está en alguien que compartió muchas aventuras con nosotros pero que ya no está más.

Sabemos que es alguien a quien podemos contarle hasta el mínimo detalle de lo que nos está pasando. Cosas que no le contamos a nadie de los vivos, porque la traición está a la vuelta de la esquina. Sentirte solo y acudir en busca de la compañía de alguien que siempre estará esperando que no lo olvides, siempre te regresará la calma.

Cómo olvidar las locuras de la escuela, las bromas en el aula, la risas que no paraban y las promesas que a diario decíamos que siendo grandes alcanzaríamos. Pero el mundo está demasiado envenenado por el egoísmo y la envidia que resulta un tanto complicado alcanzar lo que buscamos sin sentirnos lastimados por la maldad de personas que quieren vernos fracasar.

Todo a nuestro alrededor está oscuro. Sólo las lápidas rompen el viento y cambian su silbido para acompañar el frío con la penumbra. Extrañamente, mientras recordamos tanto, una lágrima resbala por nuestra mejilla. Preguntar y no entender el porqué un buen amigo ya no está para devolverte una sola palabra te hace sentir impotente.

El tiempo avanza y seguimos sentados, disfrutando de un espacio que nos permite desahogarnos, aclarar nuestras ideas y trazar una nueva ruta hacia el objetivo que siempre nos hemos propuesto. La noche podrá ser tétrica, plagada de miles de historias de miedo, pero no contagia eso en nosotros. El mismo cementerio no es el lugar de terror que nos cuentan, es un espacio donde entiendes el significado de la vida.

Llegamos cuando recién la oscuridad iniciaba, ahora es casi media noche. Hemos permanecido hablando horas entre espacios de diálogo en los cuales el silencio nos devolvió las ganas de seguir adelante e hizo que la tranquilidad vuelva a nuestro ser.

No detallamos mucho de todo lo que conversamos con quien metros bajo tierra nos soportó todo el tiempo, quien nos escuchó gritar, vio cómo las lágrimas inundaron nuestros ojos y las risas se mezclaban a la vez entre sentimientos que no sabían en qué momento iban apareciendo y desapareciendo.

A veces la mejor forma de enfocarnos, es buscar el silencio. Cuando te sientas solo y atado de manos por no poder contarle a alguien lo que te sucede, recuerda que siempre estará aquel amigo que desde el cielo te extiende la mano y espera que no olvides que la risa de la niñez fue un pacto que ni la muerte lo romperá.