“Paco”, la historia de un consumidor de cemento de contacto

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En cada rincón de nuestra ciudad, a diario se escribe un nuevo capítulo en la historia de personajes que para muchos pasan por desapercibidos, quienes protagonizan crudas realidades  en la “Centinela del Sur”. Hoy les contaremos sobre “Paco”, un joven betunero preso en la redes de la inhalación del alucinógeno más fácil de conseguir, el cemento de contacto.

A diario nos sorprende observar cómo muchos de nosotros transitamos con un alto grado de quemeimportismo por la calles de la urbe, encerrados en un egocéntrico estado de bienestar personal, ajenos a ser parte de un cambio por el bien común de todos.

Y es que para algunos, no pasa nada, si tú estás bien no implica que todo esté bien. Incluso aún la ciudadanía considera noticias a hechos que ellos califican como relevantes, pero la visión con la que años atrás nació Primer Reporte es la de dejar de lado este criterio y ya no pasar pisando las noticias, sino contando todo lo que apreciamos y que también es noticia.

Es así que tal vez a algunos sorprenda decir que en el Parque Central ciertos jóvenes que se dedican a lustrar el calzado de las personas que circulan por el lugar, inhalen cemento de contacto, se los conoce como “gomeros”; para otros no es novedad, pero nunca dicen nada o a su criterio, como señalan “eso no es noticia”.

Con cierto toque de sutileza, tratamos de acercarnos a uno de ellos, para conocer su historia y saber qué hay detrás del joven que a diario se apuesta en el parque donde la estatua de don Bernardo Valdivieso, observa cómo él escribe su historia que por lo pronto está condenando su futuro.

No resulta complicado entablar una plática con uno de ellos, personaje que desde hace dos días atrás, habíamos visto que inhalaba cemento de contacto. Nos acercamos para que lustre nuestro calzado y preguntamos si puede hacer algo con el tipo de zapatos que portamos, a lo que él responde “sí le lustramos la pana también”; de ahí que se abre la puerta para aprovechar y conocer su historia.

Su semblante luce como si padeciere de alguna enfermedad o como si la vida lo hubiese goleado tristemente por varias ocasiones. Producto de su trabajo, sus manos están sucias y su ropa también; su pantalón está un tanto roto pero no por estar a la moda, sino por el continuo uso al que está sometido.

Es delgado, no tan alto. Cuando tratamos de preguntar el porqué de inhalar cemento de contacto, reacciona asustado, pero no huye, se queda. Su mirada esconde una historia que de a poco nos va contando. Su nombre, “Paco”, nos dice que así nadie lo reconocerá, porque por su sobrenombre es fácil de identificar.

No entramos más en detalles de cómo es él físicamente, el objetivo no es sacar a la luz un caso en específico, sino contar lo que sucede en el sector. “Paco” nos cuenta que vive al Norte de la ciudad, muy al Norte por cierto, acompaña a su abuela, madre, hermanos y unos tíos que conforman su familia. No tiene papá, pero no se avergüenza por ello.

Su caída en el mundo de la inhalación de lo que ya señalamos al inicio, el alucinógeno más fácil de conseguir, se da cuando empieza a trabajar como betunero en el Parque Central con el objetivo de contribuir económicamente a su familia.

Ahí es cuando conoce a más de los jóvenes que se dedican a esa labor y entabla amistad con algunos de ellos. “Donde hay alguien que hace algo que lo hace ver bien ante los demás, todos queremos hacerlo”, añade Paco, por lo que se le ofreció consumir el fuerte olor del cemento de contacto y él aceptó.

Recuerda que la primera vez, el “líder” del grupo lo estaba haciendo, compró un recipiente pequeño con lo que había alcanzado en ganancias del día, lo puso en una funda y una y otra vez inhalaba de aquella bolsa plástica. Cuando se lo brindó no dudó en aceptar, “Paco” manifiesta que “así es cuando se quiere hacer lo que los demás hacen”.

Con lo que alcanza a diario en las ganancias por lustrar el calzado de varios lojanos, separa una cantidad para la compra del alucinógeno que lo tiene esclavizado. Es sincero en contarnos que no tiene otro vicio, como es el caso de otros de sus compañeros en el parque que también les gusta consumir licor y cigarrillo a diario.

Pero dice él que no es que con esto trate decir que es un santo, sí toma y fuma pero no a diario como el resto. Tampoco es que con su historia y con lo que nos cuenta que hacen otros de sus compañeros signifique que todos los que lustran zapatos hagan lo mismo, “Paco” nos es claro en señalar que por él no se puede juzgar a todos.

A sus casi 21 años sabe que se ha equivocado en la vida en escoger a sus amistades. Lleva cerca de siete años como lustrador, más de seis de ellos inhalando cemento de contacto. No terminó el colegio porque perdió un año y para compensar el gasto y bajar un tanto los ánimos de su señora madre, inició a trabajar como lustrador.

De ahí que hasta ahora viene haciendo lo mismo. Inhalar el cemento de contacto para él es estar como en otro mundo, según nos cuenta. Se siente más fuerte, con valor y el fuerte olor del producto le brinda un “agradable sensación” en el pecho y la garganta que disfruta cada vez que lo consume.

Sabe que lo que hace está mal, él y sus compañeros realizan este acto con mucha cautela, pero de todas formas varias personas los ven. De lo que sí se muestra arrepentido es el hacer todo lo contrario a lo que su madre siempre le dijo, portarse bien y no hacer lo que otro hace porque el mal ejemplo del amigo te lleva a una mala decisión y un mal futuro.

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